Eugenesia y el complejo científico-industrial

  

 

 

JESÚS FLÓREZ

Catedrático de Farmacología, Universidad de Cantabria

Asesor Científico. Fundación Síndrome de Down de Cantabria

 

 

 

Era un congreso abierto, en Lyon, hace ya más diez años. Participábamos profesionales –médicos, terapeutas, epidemiólogos– junto con personas con síndrome de Down y sus familiares.

Transcurría la sesión sobre diagnóstico precoz, y la ponente danesa cantaba las excelencias del diagnóstico que había conseguido reducir en su país, merced al consiguiente aborto, el nacimiento de un buen tanto por ciento de personas con síndrome de Down.

 

Delante de mí estaba una joven con síndrome de Down junto a la que resultó ser su madre. Terminó la sesión y, conforme las dos se levantaban, oí que la hija preguntaba:

-Mamá ¿por qué nos quieren eliminar?

La chica tendría unos veinte años, y horas después dirigía una sesión en que varios jóvenes con síndrome de Down explicaban cómo se estaban organizando para defender sus derechos y atender sus responsabilidades.

–Nuestro primer derecho –dijo– es el de nacer.

Hace dos meses asistí a otro congreso en Barcelona. Los epidemiólogos españoles presentaron sus datos relativos a algunas comunidades autónomas. Aunque el índice de embarazos con síndrome de Down parecía aumentar ligeramente, el de nacimientos disminuía notablemente porque los abortos de fetos diagnosticados con síndrome de Down están alcanzando cifras en algunas comunidades autónomas entre el 80 y el 100% de los embarazos.

 La conclusión era que el diagnóstico precoz funciona. Efectivamente. La eugenesia funciona, pero ya no ruboriza, ni atemoriza, ni avergüenza. Nos hemos civilizado.

Estas realidades son cada vez mejor conocidas por nuestros jóvenes y adultos con síndrome de Down y con otras discapacidades intelectuales. Resulta que ellos viven, disfrutan de su vida y hacen disfrutar a quienes les rodean.

Resulta que van cobrando creciente conciencia de su valía intrínseca, que se organizan, trabajan y luchan por incrementar la estima de sí mismos, por defender su derecho al trabajo y sus propios intereses, por encontrar su puesto en la sociedad. Pero oyen y leen que no; que mejor que no hubieran nacido porque su nacimiento fue un error; que si en su día se les hubiese practicado el diagnóstico precoz, lo más probable es que hubiesen sido eliminados.

Recientemente ha sido nombrado profesor de bioética en la Universidad de Princeton una persona que afirma que los padres tienen derecho a terminar la vida de su hijo ya nacido, dentro de los primeros 28 días de vida, si ha nacido con una discapacidad importante; y puso un ejemplo: el síndrome de Down.

Porque, afirma, durante los primeros 28 días de vida uno todavía no es persona. ¿Por qué? ¿Qué limita el ser persona? ¿Volveremos a una época que creíamos definitivamente liquidada, en la que una persona por razón de su discapacidad, raza o enfermedad mental, no tenía derecho a la vida, y tomaremos las pertinentes consecuencias? ¿Y cuál será la cifra estándar que apliquemos para dictaminar? ¿Un CI de 70? ¿Y si dentro de unos años el Gran Hermano decide que ha de ser 100?

Bien sé que el valor de una vida humana está siendo motivo de graves transacciones y controversias. Ya no es cuestión de ser de derechas o de izquierdas. Es mucho más. Cuando la sociedad acepta que una vida humana, todavía en el vientre de su madre, puede ser truncada porque tiene un pequeño defecto que además es perfectamente operable, o porque en ese instante una madre se siente angustiada, ¿qué argumentos cabe esgrimir para defender el derecho innato de una persona a vivir pese a que va a tener una capacidad intelectual inferior a la media?

¿Qué podemos hacer contra este pensamiento, no ya débil sino hipócrita y cínico, quienes estamos convencidos de los grandes valores que la discapacidad –dura muchas veces, por supuesto– aporta a la sociedad? ¿Qué grado de perfección vamos a exigir a un hijo engendrado para darle el salvoconducto que le permita nacer?

Y si la vida de ese ser humano resulta ya materia de transacción ¿tolerará la futura sociedad que ese ser humano ya nacido comience a mostrar debilidades e imperfecciones? Y si una persona al cabo de los años desarrolla una encefalitis, o tiene un accidente, o enfermedad intelectualmente invalidante, ¿dejará de ser considerada persona porque su CI ya no alcanza el límite establecido?

Qué difícil va a resultar el convencer a quien desee escucharnos lo intrínsecamente maravilloso que resulta influir, poquito a poco, en el avance y el progreso de otra persona dotada de menores capacidades, y que esa experiencia inunda de satisfacción a quien de verdad la vive.

Resulta altamente preocupante el efecto pernicioso que este tipo de pensamiento eugénico pueda ejercer sobre el maravilloso mundo que, en muy buena parte, rodea a la discapacidad, congénita o adquirida.

Hemos de saber que millones de personas con discapacidad en todo el mundo, conscientes de sus limitaciones –¿y quién no las tiene, por cierto?– empiezan a organizarse para proclamar sus derechos: a la vida, al trabajo, a ser reconocidos como ciudadanos del mundo.

Y va a ser justo ahora, cuando parecía que estaban al alcance de ser escuchados, cuando viene la inteligencia humana en forma de ciencia y tecnología –el nuevo complejo científico-industrial– para decidir quién en este mundo va a tener derecho de salvar una pequeña barrera: la de su propio nacimiento.

La selección humana –ha afirmado recientemente Enzensberger– pasa por ser imperativo terapéutico”. “Nos estamos entregando a una nueva fe, a la creencia de la biomedicina que nos impide ver sus riesgos”.

Sólo la ciencia va a poder decidir quién está en condiciones de pasar esa selección, y quien a ello se oponga será inmediatamente desacreditado como hostil al progreso, enemigo de la inteligencia humana, opuesto a la verdadera democracia.

Cualquier objeción –prosigue ese filósofo– será presentada como un ataque a la libertad de investigación, como una no declarada hostilidad a la ciencia y a la técnica y como un supersticioso miedo al futuro”.

Desgraciadamente, no es ciencia-ficción. Empezamos a vivir esa realidad. La discriminación tiene muchas caras. La discapacidad, y especialmente la intelectual, ha sido siempre su primera víctima. Ahora vuelve a serlo, pero lo peor es la discriminación que se basa en razones que se presentan como objetivas y científicas y, para más escarnio, humanitarias.